Qué mal pintaba todo en los primeros diez minutos, con los dos equipos con los papeles cambiados; el Manchester apretaba arriba, el Barça tenía que regalar el balón, una falta de Cristiano se le escapaba a Valdés y el rechace de Park parecía gol hasta que lo interceptó Piqué; Messi, Henry y Eto'o no la tocaban y Xavi e Iniesta no entraban en juego. Hasta el minuto 10, Iniesta rompe por el centro, se la da a Eto'o que recorta a Vidic y de punterazo fusila a Van der Sar. Un golpe que sirvió para que el Barça recuperara el lugar que le tocaba ocupar en la final, el de tener el balón, combinar, convertir el partido en un rondo enorme. Mientras tanto el United dejó de creer en el plan inicial, acusó el gol, estuvo grogui y empezó a cambiar el guión, poniendo a Giggs en la izquierda y metiendo a Rooney en el centro del campo cuando defendían. No funcionó.
En la segunda parte Tévez por Anderson, 4-4-2 con el argentino y Ronaldo arriba, Rooney a la derecha y Park a la izquierda, desconcierto absoluto del United y el Barça que tuvo en las botas de Henry y Xavi el segundo gol, no llegó y el Manchester volvió a tener el balón, a jugar directo y empezó a asomarse al área con todos los efectivos; en la frontal del área del Barça merodeaban cuatro y cinco jugadores del United, o todo o nada, partido roto, de ida y vuelta, juego en el que el Barça no debió entrar pero lo hizo, confiando en que en una contra podría sentenciar. Minuto 65 y entra Berbatov por Park, el búlgaro arriba con Tévez y Ronaldo a la izquierda, casi un 4-2-4, a por todas y con la épica como único argumento. Volvía a pintar mal, se veía venir el sufrimiento hasta que Xavi centró y Messi marcó, de cabeza, como un nueve, cruzándola y cogiendo a Van der Sar a contramano, el Balón de Oro sentenciado, 38 goles, máximo goleador de la Champions con nueve. Sacó el orgullo el United, una rabieta, y a punto estuvo de marcar nada más sacar de centro, pero Valdés, una vez más -como en París, como en Stamford Bridge-, le sacó un balón a bocajarro a Cristiano Ronaldo. Keita por Henry, Iniesta a la banda y a punto estuvo Puyol de marcar como en el Bernabéu. Scholes por Giggs, no cambia nada en el United. Volvió el rondo gigante, el United no bajó los brazos pero era incapaz de quitarle el balón al Barça, ocasión de Puyol otra vez, un uno contra uno que volvió a salvar Van der Sar. Y así se fue desquiciando el Manchester, corriendo detrás el balón, sin poder crear peligro, viendo como el reloj corría y el Barça no dejaba ningún resquicio ni cometía ningún error; ni siquiera las tan temidas jugadas a balón parado crearon inquietud. El Olímpico coreó el nombre de Iniesta cuando fue sustituido por Pedro. Casi pareció fácil, no fue el partido tenso que todos esperaban, ni un intercambio de golpes de poder a poder, tampoco hubo sufrimiento al final. El Barça ganó con esa brillantez teñida de normalidad que le ha caracterizado durante toda la temporada, como si jugar así fuera la única forma de hacerlo, una obligación impuesta por una filosofía que en los últimos 20 años ha transformado la historia del club.
Eto'o.
Messi.
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